Academia

Planificación multiriesgo

Fecha: 21 abril, 2020

Massimo Palme

Planificación multiriesgo

Massimo Palme, PhD., Prof. Asociado Escuela de Arquitectura UCN

Los ambiciosos Objetivos del Desarrollo Sostenible (ODS), determinados por la Organización Mundial de las Naciones Unidas en septiembre de 2015, están entrando finalmente en el lenguaje común, siendo reconocidos por los diferentes países miembros como las prioridades de acción de aquí al 2030. Sin embargo, todavía no se aprecia esa coordinación general que es necesaria para alcanzar las metas prefijadas. Los objetivos están claramente muy conectados entre ellos y se necesita de una acción global que pueda tener la visión holística requerida para monitorear el grado de avance y recalibrar los hitos de cada uno, conforme se va avanzando en la implementación de estrategias para conseguir los otros.

Ya que nuestra civilización es prevalentemente urbana, especial importancia cobra el objetivo 11, “ciudades y comunidades sostenibles”. Este objetivo tiene 7 metas propias y 3 metas transversales adicionales, que se enfocan a la generación de estrategias para el logro de más objetivos a la vez. La meta transversal 11.b se propone [1]:

“De aquí a 2020, aumentar considerablemente el número de ciudades y asentamientos humanos que adoptan e implementan políticas y planes integrados para promover la inclusión, el uso eficiente de los recursos, la mitigación del cambio climático y la adaptación a él y la resiliencia ante los desastres, y desarrollar y poner en práctica, en consonancia con el Marco de Sendai para la Reducción del Riesgo de Desastres 2015-2030, la gestión integral de los riesgos de desastre a todos los niveles”.

Es inmediato notar cómo esta meta había sido considerada prioritaria desde el principio de formulación de los ODS, poniéndose como fecha de alcance el 2020 en lugar que el 2030. Esto es, debido a la atención generada por los grandes desastres naturales que afectaron muchas ciudades desde los años noventa del siglo pasado y que condujeron a los acuerdos marco de Hyogo [2] y de Sendai [3] para la reducción del riesgo. Ahora bien, especialmente el marco de Sendai aclara que los riesgos deben ser considerados como un conjunto y no por separado. El desarrollo de estrategias de prevención frente a amenazas múltiples es cada día más necesario [4].

Llegando a la contingencia que estamos viviendo, se podría pensar que la acción frente a las pandemias como la del COVID-19 se encuentra más bien incluida en otros ODS, como por ejemplo el número 3 “salud y bienestar” o el número 15 “vida de ecosistemas terrestres”. Sin embargo, todo está conectado. Nadie puede negar, por ejemplo, la relación entre la pandemia y el cumplimento (o no) del objetivo 8 “trabajo decente y crecimiento económico”. Pero lo que quisiera discutir aquí es la relación entre las pandemias y los riesgos de desastres –o mejor debiera decir de otros desastres-, siendo una pandemia también un evento disruptivo que merece ser incluido en la definición de desastre.

Un estudio de la prestigiosa Universidad de Harvard publicado en la revista “Science” en estos días [5] nos advierte de que el COVID-19 se quedará con nosotros como mínimo hasta 2022 y posiblemente hasta 2024. ¿Cuántas cosas sucederán de aquí a dos (o cuatro) años más?, ¿estamos preparados para ello? Algunos ejemplos de lo que debiéramos prefigurar: El día 17 de marzo, un temblor de magnitud de momento 5.6 fue registrado en Chile, con epicentro en la región de Ñuble. Afortunadamente, no se registraron daños significativos. De la misma forma, el día 22 de marzo, en Croacia, se registró un sismo de magnitud 5.3 que produjo más daños, pero sin fallecidos. Sin embargo, a menos de 80 km del epicentro, se encuentra operando una central nuclear. En esta ocasión no sufrió daños, pero ¿quién puede garantizar que no los pueda sufrir en un futuro?

Nosotros tenemos la idea, bastante equivocada por lo general, que las probabilidades de ocurrencia de eventos catastróficos sean independientes. O sea, si ya es poco probable tener un sismo con daños ingentes, muy poco probable sería que esto sucediera durante una pandemia, o que coincidiera con una fuga de material radiactivo. En cuanto a la probabilidad que sucedan tres o más eventos disruptivos, tendemos a considerarla casi inexistente. Sin embargo, los eventos de ese tipo en muchos casos no son independientes, cosa que modifica el cálculo probabilístico y hace menos improbable la ocurrencia de dos o más de ellos de forma contemporánea o inmediatamente secuencial [6].

En las condiciones actuales, y pensando en que el COVID-19 se va a quedar durante un buen rato, ¿estamos preparados para enfrentar eventuales situaciones disruptivas? O, viceversa,  ¿solamente recibiríamos la recomendación de evacuar con mascarilla? La fragilidad de nuestra existencia urbana está a la prueba. Diferentes presiones nos conducen a contradicciones en los planes de emergencia: por un lado, debemos mantener distanciamiento social y, por otra parte, podríamos encontrarnos en situación de evacuación repentina hacia las zonas de seguridad establecidas. ¿Están estos lugares “seguros” mínimamente dotados de servicios básicos?, ¿ha sido estimada la población objeto de la evacuación que acudiría a cada lugar?, ¿qué hay del distanciamiento social en ese caso? Y si por un aluvión muchas personas, tal vez alguna contagiada de COVID-19, quedaran sin vivienda, ¿qué sucedería con la necesidad de su encierro y aislamiento? En definitiva, ¿se está pensando la planificación de esa forma global?

Claramente no es así. Y más allá de consideraciones triviales sobre la capacidad de adaptación de la ciudadanía (que es potencialmente infinita, llevando directamente a consideraciones de instinto de sobrevivencia que cualquier miembro del reino animal posee), necesitamos respuestas concretas. En el caso específico de la ciudad de Antofagasta, bien poco sirve reflexionar sobre la resistencia intrínseca que la población se supone haber desarrollado por el solo hecho de habitar en un clima desértico (a veces considerado como “inhóspito” o incluso “inhabitable”). Hemos creado una ciudad en el desierto. Nos corresponde ahora hacer que su infraestructura -no su población- sea concretamente resiliente frente a eventos adversos.

Es por ello que se necesita cuanto antes el desarrollo de una estrategia de planificación multiriesgo, que ponga en evidencia la posibilidad, aún relativamente remota, de eventos catastróficos múltiples y proporcione las soluciones debidas. Solamente así podremos encaminarnos hacia el logro de la meta 11.b de los ODS, hacer de nuestras ciudades lugares seguros y resilientes. Meta que, como he observado, estaba prevista para 2020 y que, sin embargo, parecemos muy lejos de alcanzar. En días de crisis económica, sería muy buena idea entonces aprovechar la fuerza de trabajo que está quedando desempleada para invertir en la generación de infraestructura, siguiendo los planes previstos por los citados marcos de acción de Hyogo e Sendai.

Mis últimas reflexiones van al rol que debieran asumir las Universidades, como instituciones creadoras y transmisoras del conocimiento. Ellas debieran tomar un rol activo en la colaboración con los poderes públicos para la generación de las estrategias mínimas necesarias a la implementación de los ODS. El trabajo de los investigadores es fundamental en el establecimiento de las prioridades y en la puesta en marcha de acciones coordinadas para el alcance de las metas propuestas. Los intereses generales, que deben primar por sobre los particulares, exigen independencia y debate, cosa que solamente las instituciones de servicio público como las Universidades y las diferentes agencias del Estado pueden garantizar.

Termino recordando que en Chile existe una Comisión para la Reconstrucción y la Reducción del Riesgo, creada por el Ministerio de Vivienda y Urbanismo. Con presupuesto y recursos humanos limitados, la Comisión está tratando de implementar estudios piloto sobre las cuestiones planteadas, incluyendo nuestra región como lugar prioritario para la intervención. Se debiera poner énfasis en tales proyectos de la Comisión y mejorar en lo posible las condiciones operativas y dotaciones de sus miembros. Esperemos que su trabajo se haga cada día más efectivo, considerando las peculiaridades de nuestra condición actual, o sea la de una especie que vive en un mundo en el cual, cada vez más, todo está conectado.

[1] United Nations (2015). Sustainable Development Goals. UN, New York.

[2] United Nations (2015). Hyogo Framework for Action 2005-2015. Building the Resilience of Na-tions and Communities. UN, New York.

[3] United Nations (2017) Sendai Framework for Disaster Risk Reduction 2015-2030. UN, New York.

[4] Komendatova, N. et al. (2014). Multi-hazard and multi-risk decision-support tools as a part of participatory risk governance: Feedback from civil protection stakeholders. International Journal of Disaster Risk Reduction 8, 50-67.

[5] Kissler, S. M., Tedijanto, C., Goldstein, E., Grad, Y., Lipsitch, M. (2020). Projecting the transmission dynamics of SARS-CoV-2 through the postpandemic period. Science, 14 April 2020

[6] Gill, J., Malamud, B. (2014). Hazards interactions and interaction networks (cascades) within multi-hazard methodologies. Earth Systems Dynamics 7, 659-679.

No hay comentarios

Comenta tu también